26/03/2026
En agosto de 2025, la editorial Caja Negra publicó El ritmo no perdona, un texto en el que se condensa la cultura juvenil de la última década con el interés y respeto que amerita. A partir de un dominio previo del tema y una ardua investigación, Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo nos ofrecen un análisis de la explosión y repercusión de la música Hip Hop y sus derivados en Argentina.
El prólogo escrito por Pablo Schanton nos advierte un dato que será repetido a lo largo del libro y que debemos retener para una lectura apropiada: es un análisis “que consiste en interpretar en tiempo récord sucesos al mismo tiempo que pasan”. Parece injusto escribir un texto de cuatrocientas páginas sobre la -odio llamarla así pero va a facilitar notablemente la escritura de esta nota- música urbana en Argentina, esto suele suceder cuando el auge de un suceso ha terminado. Sin embargo, también sería injusto no hacerlo. El ritmo no perdona, escrita por quienes la escribieron y de la manera en que la escribieron, es una obra necesaria. Otorga el lugar que se merece al movimiento y no minimiza el impacto que tuvo y tiene en nuestro país.
Para dimensionar el fenómeno, el trap argentino y el rock nacional cuentan con una diferencia y una similitud importantes. Sus nombres nos indican el lugar de los hechos: la República Argentina. Pero ¿por qué no llamarlos trap nacional o rock argentino? El primero tuvo mayor éxito for export, y no uno o dos artistas, sino todo el colectivo en su conjunto; el segundo, tiene la mayoría de su público en Argentina y para sus oyentes es música nacional. Lo que tienen en común estos géneros es un sonido propio. Ambos, tomando referencias extranjeras porque no son estilos autóctonos, componen una identidad dentro del género. Con matices y excepciones, el trap de acá no suena como el yanqui o como el puertorriqueño.
La facilidad para producir y difundir la música es un factor clave para entender el éxito del trap argentino. Artistas como Duki, Ysy A o Ecko contaban con un fanbase previo a sus primeros temas por el mundo de las batallas de gallos. Estos no tardaron en brindar su apoyo y compartir su música por internet; sin cd, sin mp3, sin pendrive. Los pibes en las escuelas (primarias y secundarias) escuchaban trap y debatían sobre trap, trap de acá. No sucedió solo en Argentina, cruzó fronteras y cruzó el charco; de hecho, España fue uno de los países que más apoyo brindó a la escena local.
De esta manera, la industria musical comenzó a manejarse de manera distinta que en otras épocas. Pasó de ser scouting, firma, dinero, grabación, distribución y fama; a difusión, reproducciones, fama, canjes, shows, dinero, etc. En un principio, los artistas acumulaban miles de seguidores en sus redes y filas de gente para sacarse fotos con ellos, mientras vivían con sus padres. El salto fue veloz y exponencial. Los autores del libro escriben: “La frase ‘lo sigo desde Cemento’ caducó no solo por su anacronismo, sino por la imposibilidad de aplicarse en trayectorias tan intempestivas como las de este género. Una carrera que hace parecer todo más simple, mientras ahoga de vértigo a sus protagonistas”. Sensación que definió de manera perfecta Yung Beef como: “caer para arriba”, un concepto que creó en 2015 y que muchos de sus colegas adoptaron como lema generacional.
Mientras que muchos raperos -con el afán de hacer música por amor a ella- se encontraron con “la caída para arriba” y un sistema renovado, otros la buscaron o aprovecharon su oportunidad al descubrir este hack. Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo escriben que en Argentina “el trap también busca salir de la carrera de ratas que implica el trabajo asalariado, pero en vez de hacerlo a través de la vida bohemia, pretende ejecutar un truco de videojuegos que permita a los jóvenes hacerse millonarios de manera rápida”. Fragmento del texto que dialoga muy bien con la juventud argentina de los últimos años, más allá del ámbito musical, y explica por qué caló tan hondo el discurso meritócrata en la generación. Uno de los grandes logros de El ritmo no perdona es poner en contexto al Hip Hop argentino del siglo XXI y retratar a la perfección las ataduras de esta cultura con su época y lugar.
Al comienzo del primer capítulo, los escritores aclaran que a diferencia de otros países, aquí: “(...) el rap aparecerá como lo distinto o lo disruptivo, lo nuevo, pero también lo sospechoso, lo extranjero y lo artificial; y, como consecuencia de este primer proceso, volver al rock como si fuese el retorno al Edén perdido, como si el rock fuese el estado ‘natural’ de las músicas populares y el rap una desviación temporaria”. El proceso que describen es, con sus matices, el que atravesamos en estos momentos. Con mucha más aceptación que en otras épocas dado a que la explosión del género fue demasiado masiva como para no trascender, sigue existiendo la creencia popular de que todo sonido alejado del rock tiene menos valor. Sin embargo, en los comienzos de su auge parecía que el cambio de paradigma sería total. Sobre esto, Camila Caamaño escribe: “No percibía de ninguna forma que de un momento a otro fuera a aparecer algo o alguien capaz de refutar el manifiesto rockista. Quizás allí resida el encanto: el trap en sus comienzos fue la posibilidad de desafiar a la historia.”
Años han pasado de esa explosión incómoda e inédita para el país donde primaba el “hay que prohibir el autotune”. Si bien en la actualidad volvió a ser fácil pegarle al género, en el medio existieron colaboraciones y cruces de todo tipo que derivaron -por momentos- más en un aval que en una obra interesante. Prohibido olvidar el “Joven talentoso, a cuidarlo...” del Indio Solari para con Wos vía comentarios de instagram. Sobre este punto, en las conclusiones del libro, los autores opinan: “(...) la necesidad de obtener un “sello de aprobación” que vuelva a estos músicos comprensibles y respetuosos para las generaciones anteriores. En un momento quienes se beneficiaban de estas colaboraciones eran los rockeros, quienes vampirizaban para abrir las puertas de lo nuevo, pero con el tiempo la relación de fuerzas se invirtió.”.
El ritmo no perdona es un libro cargado de análisis y de información que fusiona debates filosóficos hasta recuerdos específicos que solo alguien que estuvo ahí es capaz de evocar. A riesgo de sonar cliché, es evidente el amor con el que el texto fue compuesto. Detrás de la investigación seria y las observaciones sobre la industria o la evolución de la escena local, se deja ver el homenaje a una cultura que dejó huella en la vida de los escritores. Llegando al cierre, Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo escriben: “El trap rompió con lo establecido en el negocio, se burló del sacrificio veterano, recuperó esa sensación de que aún había algo nuevo por descubrir, que no estaba todo inventado, incluso desde lo imparcial de sus protagonistas, fue disruptivo en su genésis, autogestivo de formación (entrenamiento en la academia de El quinto escalón), desprejuiciado en lo experimental, arrogante frente a la pantalla, sórdido en sus letras, estridente en sus beats, tóxico en su rutina, impermeable a las críticas.”
Valentino Berman Resuche