25/09/2025
¿Qué cosa es un silver sorgo? “La emisión fallida de otra nueva divisa”, sentenció su creador Luis Alberto Spinetta en agosto de 2001, pocos meses antes de la mayor devaluación del peso argentino en la historia. “La Argentina es un gran productor de sorgo, entre otras cosas. Y silver, que significa plata. Sí, ya sé, el río. El río de guita que se va… El silver sorgo es una moneda irrealizable”, agregó. Este disco-moneda de doce canciones inauguró una nueva etapa en su obra: significó el final del formato power trío de Los socios del desierto y un distanciamiento definitivo del rock sanguíneo. Spinetta tenía otros planes. Acompañado por Claudio Cardone y Rafael Arcaute en teclados; los bajistas Javier Malosetti y Marcelo Torres; Daniel Wirtz en batería, y apañado por los coros etéreos de Graciela Cosceri en algunas de las canciones, se embarcó  en un proyecto mucho más intimista, alejado de cualquier tipo de vocación panfletaria, tan característica del rock que llenaba estadios en esos años. Quizás ahí residiera el carácter fallido de la divisa que pretendía emitir: tendría el mismo éxito que las cuasimonedas que circularon durante la crisis de 2001 y 2002, y recaería sobre ella la misma maldición que recae sobre muchas expresiones artísticas experimentales que se vuelven víctimas de la urgencia de una crisis: el olvido. Sin embargo, esos cincuenta minutos llevan inscriptas, para quien quiera verlas, las marcas del desgarramiento social, encarnado por un combate que se desliza subterráneamente a lo largo del disco entre la luz, los sentimientos elevados, y la oscuridad, comprendida por pasajes ominosos y parcelas salvajes de naturaleza. 
Uno de los tantos libros que se escribieron sobre Spinetta repara en su acervo, en la bibliografía literaria y ensayística que contribuyó a delinear su cosmogonía y poética deformes. Se llama Luis Alberto Spinetta: el lector kamikaze (2019). Las siguientes palabras corresponden a su autor Juan Bautista Duizeide: “su lectura no es la lectura burguesa del que consume cultura y la mira, sino que se engancha a full y con eso va al frente. En una entrevista, él dice que el arte es la coalición con los materiales, entonces ahí me terminó de cerrar la idea del kamikaze que se estrella contra el barco enemigo”. Conviene añadir que el barco enemigo en Spinetta no es un barco foráneo. Los diablos y los dioses convergen en el centro mismo de la interioridad. La primera canción del disco lleva de título “El enemigo” y su estribillo reza –en un sentido estrictamente literal, reza–: “hay que impedir que juegues para el enemigo”. Después concluye la plegaria: “Madre de la vida, ilumina a la gente”. Durante la presentación en vivo del álbum, ensayó algunas reflexiones sobre el mensaje que pretendió imprimirle. Voy a citar mi preferida: “para descubrir al enemigo sólo hace falta ponerse la mano en el corazón. No es cuestión de embanderarse, creo que la verdad tiene que surgir de cada uno”. Esa verdad personalísima e intransferible a la que alude está hecha de luces y sombras, de belleza y sublimidad. Es el resultado de un duelo subrepticio, parecido al que libran una cara y una seca cuando alguien las somete a la ley de la gravedad.
Silver sorgo debe su dimensión monetaria a su nombre pero, sobre todo, a las dos caras que toda moneda que se precie como tal debe detentar. La cara y la seca, tan indisociables como el anverso y el reverso de un papel, constituyen en idéntica dosis el signo de una moneda. De una manera análoga, no hay bondad, por más diáfana, que no prorrumpa de un enfrentamiento encarnizado con un enemigo igualmente interior. La tarea es vencerlo: arrimarse a esa bondad verdadera del mismo modo en que uno aterriza en el vado de un río luego de ser subsumido por una corriente torrentosa, tal como se desprende de “El mar es de llanto”: “con tu corazón en cascada, vas llegando al vado de la verdad”. Hay muchas otras canciones en el disco que retratan este enfrentamiento. En “Tonta luz”, una sinfonía de cuerdas tensa y trenza la endeblez de una voz que se pregunta “para qué proseguir” en un “mundo que aniquila el amor”. Sin embargo, toda esa perplejidad de repente es desmantelada por el caos. El carácter confesional del yo que sufre es absorbido por un collage de hilachas de melodías, pedazos de palabras yuxtapuestos que forman y deforman el lenguaje hasta volverlo poco más que nada. El enfrentamiento entre la luz y la sombra es también la expresión de su convergencia imposible. En “Abrázame inocentemente”, ese combate vuelve a aparecer, aunque de dos maneras: primero dentro de las fronteras de la interioridad, y, más tarde, en relación a un otro: “uno labura en sí en silencio su propio cristo/ en la cima o la miseria”, y "tu abrazo azul me triturará/ yo iré corrompiendo tu maldad”, respectivamente. “Esta es la sombra”, en tanto, constituye un pasaje íntegramente sublime, si se entiende por sublime lo postulado por Burke en Una indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello (1757), es decir, un “horror delicioso” asociado al terror y la vastedad, en oposición a la categoría de lo bello, simbolizada por el amor y la pequeñez. El yo lírico parece encontrar en la piedra y en la flor dos elementos que se abrevan en esos paradigmas del deleite. 
Mucho tiempo después, Barthes establece otra taxonomía del deleite, aunque en relación a la lectura de un texto. En El placer del texto (1973), el crítico francés distingue el concepto de placer, entendido como un disfrute que colma las expectativas del lector, “proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura”, respecto de la categoría de goce, legataria de la noción lacaniana de jouissance, que representa una transgresión del deseo, es decir, una experiencia desestabilizadora que descentra y pone en estado de pérdida al lector. Esto entra en perfecto diálogo con las palabras con las que Duzeide describe el carácter kamikaze del Spinetta lector. Silver Sorgo es una expresión de esa misma vocación kamikaze: no esquiva el bulto, coaliciona con las materias que la lengua y la música le proveen. El yo lírico que vive oculto en la docena de canciones del álbum, del mismo modo que un texto que desborda a su lector, “hace vacilar la consistencia de los gustos, los valores y los recuerdos” (Barthes, 1973) del oyente, cuya relación con el lenguaje entra en crisis. Cada vez que le demos play, el silver sorgo va a volver a girar en el aire, las fuerzas antitéticas que lo gobiernan van a estar ahí y será nuestra tarea impedir el triunfo del enemigo.

Tomás Zygier

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