13/02/2026
Existe una alquimia perturbadora en la poesía de Marosa di Giorgio, donde lo dulce vibra como un estímulo que altera los sentidos, renunciando a toda función balsámica. Penetrar sus versos implica internarse en un territorio movedizo donde el espacio doméstico se trueca en cementerio y la celebración de la vida exige palpar la materia en descomposición. Lejos de la ingenuidad, esta escritura desarma las defensas del lector mediante una atención radical. La ternura deja atrás el sentimentalismo para erigirse en herramienta operativa, capaz de intervenir sobre aquello que el instinto ordena rechazar. El texto acomete así la realidad material en su estado más crudo.
Gaston Bachelard, en La poética de la ensoñación, nos ofrece la clave para descifrar esta operatoria: la imagen poética funciona como una “exaltación de lo real” que nos sumerge en la inmediatez material. Bajo esta luz, la poesía de Marosa no representa un jardín, sino que lo habita desde las entrañas. Su ternura prescinde de la idealización de la flor para brotar de una identificación visceral con la textura: el sujeto lírico toca la tierra, siente la corteza, se mezcla con el barro. Es el reconocimiento de que el yo y el mundo participan de una misma sustancia vulnerable. Si el jardín es el cuerpo, como lo lee Bachelard, aceptar su inmanencia significa aceptar también la muerte que lo habita. Es en ese punto exacto donde la visión bachelardiana se tensa hasta el quiebre: la materia no solo es dulce, también se pudre.
Aquí emerge la tensión que vertebra la obra. Julia Kristeva, en su teoría de lo abyecto, define el cadáver y la podredumbre como aquello que borra los límites del cuerpo propio, desatando un rechazo instintivo para preservar la identidad. Lo abyecto es el horror que nos obliga a apartarnos. Sin embargo, Marosa osa transgredir esa ley: impone la ternura —forma de cuidado, contacto y proximidad— sobre lo que debería repeler. Su poesía recurre al ritmo de la canción de cuna, a la retahíla maternal, pero las palabras nombran la podredumbre. La ternura se revela así como el único puente capaz de hacer entrar lo abyecto en la casa y volverlo familiar; una fuerza que permite transitar el borde de la disolución sin caer en la repulsión pánica.
El poema “La liebre”, de Los papeles salvajes, cristaliza esta dialéctica entre la teoría de Kristeva y la poética de Marosa. La voz lírica elude la descripción de la muerte para ejecutar un ritual doméstico, como si el agua y el jabón pudieran revertir el destino biológico:
La lavé en el pilón, con agua y jabón.
Le puse gasas, algodón.
La acuné.
Entran las amigas, y le cantan.
Ya casi está mejor.
Se levanta.
Pero no puede caminar.
La vuelve a acunar, la mece, la mece.
La liebre está envuelta en pañales.
El ritual alcanza una intensidad singular, transformando la repulsión inherente al cadáver —ese objeto abyecto por excelencia— en una atención reverente. La ternura actúa como una negación performativa de la muerte. Lavar al animal muerto y envolverlo en pañales es un intento sistemático de restituir el estatus de “ser vivo”, de borrar la mancha de la abyección para reintegrarla al calor del hogar. La liebre deviene niño enfermo, hermano de leche. El horror se neutraliza en el gesto tierno, transfigurando el cadáver en objeto de cuidado, demostrando que la ternura es el mecanismo exacto para anular el distanciamiento que Kristeva considera innegociable.
Esta lógica, sin embargo, no se limita a la muerte; reconfigura el vínculo con lo vivo en sus formas más ajenas, completando el círculo argumental. En “Misales”, la voz se inclina hacia lo minúsculo y frágil, disolviendo las fronteras entre lo humano y lo animal:
Mi hermanita la oruga, tan fina,
tan desvalida.
Tengo que cuidarla,
porque es la única que conoce el secreto de las mariposas.
El vínculo de “hermanita” establece una responsabilidad ética que confirma la tesis de Bachelard sobre la participación del sujeto en el mundo: el yo no observa, se implica. La ternura opera aquí como conocimiento gnóstico: solo protegiendo la fragilidad de esa materia informe se accede al “secreto” de la metamorfosis. Es la misma lógica de “La liebre”, pero proyectada hacia la vida: cuidar lo que aún no es forma a la espera de su transfiguración.
Al cerrar el cerco de este jardín salvaje, la coherencia interna de la obra se hace evidente. La inmanencia material choca con la amenaza de la putrefacción, y la ternura se alza como el campo de batalla donde se resuelve el conflicto. En Marosa di Giorgio, la ternura trasciende el consuelo y la moraleja para revelarse como una operación de contacto radical, la fuerza que permite habitar la materia sin sucumbir a la náusea. Al envolver el cadáver en pañales, la poesía familiariza lo abyecto y anula el distanciamiento que el sujeto exige para no disolverse. Su escritura nos expone a una certeza radical: toda carne —la nuestra y la de las sombras— es, en el jardín de las delicias y los horrores, ineludiblemente una.
Stefano Branca