17/10/2025
La masividad de internet y su fácil acceso cambió por completo la industria del arte y en específico de la música. Plataformas como Youtube y Soundcloud permiten a cualquiera la distribución gratuita de su creación. De todas formas, conseguir un espacio para grabar sigue siendo complejo sin un sello discográfico de por medio. Es aquí donde los géneros musicales en auge, que no precisan más que un micrófono (barato) y una computadora (barata -incluso otorgada por el gobierno de turno-), explotan este proceso de democratización de la música a través de internet.
La facilidad de hacer canciones en una habitación, todos los días y subirlas a las redes trae consigo la facilidad de ‘pegarla’. Las dosis suficientes de talento, constancia, suerte y algoritmo permiten a cualquiera soñar con vivir de la música. Este factor positivo convive con la gran problemática de la nueva generación de artistas: la necesidad de crear y sacar música a un ritmo frenético. Cada vez hay más contenido, ergo, el oyente se malacostumbró. Más de un año sin el lanzamiento de un proyecto de larga duración, que debe ser sí o sí una obra maestra, se tornó en una eternidad de espera para el público.
La facilidad de hacer y distribuir el arte también generó la facilidad de llegar a él. Ya no se compra el cd en una tienda física, se espera el ‘drop’ desde un celular; ya no se le “presta” música a un amigo, se le envía un link. La paciencia disminuye y se valora menos el trabajo del artista. El oyente se ha transformado progresivamente en consumidor de música. Sigue habiendo fanáticos y se llenan estadios pero se exige calidad y cantidad en partes iguales e imposibles de lograr. Hay un público al que contentar y, en reiteradas ocasiones, se cae en una dinámica artista-empleado que solo favorece a este fenómeno.
Sin ir más lejos, el 5 de enero de este año Bad Bunny sacó su álbum Debí tirar más fotos; el cual, al margen de gustos personales, fue categorizado como un gran proyecto, con conceptos fuertes y bisagra en su carrera. Esto es verdad, ahora bien, diez meses han pasado y -aunque todavía tenga una gira por delante- el disco no parece trascender más allá de trends de TikTok y algunos temas del verano.
Muchos podrán reducir este efecto a que el género del álbum es reggaeton pero es una cuestión más compleja. La sobreestimulación constante reduce el tiempo de vida de cualquier contenido: películas, series, canciones y memes; todo es cada vez más efímero. No existen casos como Fito Paéz y El amor después del amor en la actualidad, o al menos no imagino a Dillom en 2054 haciendo un show aniversario por los treinta años de Por Cesárea. Además, ¿es comparable un disco de oro que llega a serlo por reproducciones online en vez de por compras físicas del cd?
Por otro lado, la industria no solo premia la constancia de lanzamientos, se busca un artista con redes sociales activas y un perfil prolijo que alimente la relación con sus fans. No es novedad que el éxito lleva a la fama y al estrellato o que el músico tiene otros compromisos que los meramente artísticos, pero nunca con la misma magnitud que en los tiempos que corren. Existen casos de artistas que preservaron su imagen durante un período por decisión personal o estrategia de marketing, sin embargo, la figura del músico-influencer hoy es la más común. De hecho, es innegable el poder que tuvo el streaming como potenciador de música y artistas en la última década.
Estar presente en las redes sociales es tan necesario como peligroso, todo es puesto en tela de juicio. Si no sos cuidadoso, es poco serio; si lo sos demasiado, es comercial; si no hablás de Argentina, es cipayismo; si hablás de Argentina, está forzado; si ayudás a una causa, porque no ayudás a otra. Así, millones de usuarios forman ideas sobre un artista sin conocer dos canciones de su discografía y opinan como si tuvieran conocimiento de causa. Antes los artistas tenían menos apariciones en público, es decir, que las maneras de conocer a un músico eran escuchando su obra a fondo y viéndolo en vivo o en alguna entrevista. Hoy están en nuestras pantallas todo el tiempo.
La audiencia actual pretende que los artistas publiquen temas de manera constante, de gran calidad y con un concepto trabajado; que tengan un personaje en redes que se amolde a las críticas del momento; y, aún así, siguen estando en el ojo de la tormenta. Entonces, ¿por qué se adaptan? ¿Tanto peso tiene la opinión pública de una sociedad que no puede escuchar un mensaje de audio mayor a un minuto? ¿Tan diferencial es el rédito económico de ser el número uno? ¿Tienen responsabilidad en el consumo actual o son víctimas del mismo?
En definitiva, internet cambió la relación entre músico y fan de manera drástica. Con críticas de por medio, al artista se lo quería o no, por lo que era; la sensación en la actualidad es que se lo puede cambiar y muchas veces se les cumple el capricho. Quizás ese “fan service” es una de las razones por las que todo dura menos, el artista se adapta al público y le otorga el producto masticado. Por eso, las obras que toman más riesgos envejecen mejor (siempre y cuando sean buenas), pero más temprano que tarde terminan desatendidas por la prisa del presente.
Valentino Berman