16/04/2026
Sobre un monumento que retrata alguna victoria bélica en la que cierto líder levanta su mano, una voz habla al final de L´amour existe (Pialat, 1960).
“La mano gloriosa que ordena y dirige también puede suplicar. Basta con cambiar de ángulo”.
La voz refiere a estas dos imágenes:
El cortometraje documental de Pialat es un retrato de los suburbios en la París de posguerra. Es melancólico y desolado, retrata la situación social y la arquitectura; las costumbres que cambian; los peligros ambientales; y la vida cuantificada, reducida al trabajo. Se vislumbra en todo el discurso y se refuerza en la conclusión el sentimiento que subyace a todo el texto: la desesperanza.
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La palabra monstruo viene del latín monstrum, a través de una forma vulgar monstruum. Esta, a su vez, se deriva del verbo monere, que significa ‘advertir’. Un monstruo era un aviso, una advertencia que enviaban al mundo las fuerzas sobrenaturales. Cuando nacía un niño o un animal con algún tipo de malformación, se creía que eso era un aviso: los dioses enviaban estas criaturas como señal de que algo terrible iba a suceder.
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Nuestra ciudad se construyó bajo el sueño de la sombra figurativa de París. Nunca hemos estado tan cerca de la que se presenta en L´amour existe. La cara olvidada de la capital.
Una serie de discursos en su vanidosa agonía declama soluciones -soluciones, porque ya no hay banderas- con tal de tener una respuesta, creyendo que se ordena y se dirige, cuando su contracara revela su súplica arrogante -escúchennos, tenemos las respuestas, pero no nos dejan aplicarlas-. Es un impulso por querer ser y no poder lidiar ni con un mínimo del presente que nos pasa por encima, de no ser un poco más escéptico en la espera, de no poder existir sin pronunciarse.
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Difícil diagnosticar a este monstruo como un aviso, sino más bien como el resultado de una serie de advertencias —porque si algo ha hecho, con gran mérito, fue anunciarse: lo que hoy existe en este suelo no es resultado de ningún accidente.
Tanto el gobierno como a quien dice -y no dice- representar, se miran a los ojos. Y es difícil descifrar lo que se ve. Es la imagen repetida de un monstruo derrotado, pero con otra mirada exhibe también el sufrimiento de lo que es forzado a existir sin poder ser. Un mar de dudas espejado, difícil de aseverar algo más certero, sin embargo esa es la razón misma del espejo: verse en un otro que no se reconoce a sí mismo.
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En el alemán, el término angst está dotado de una particular polisemia e indeterminación: refiere tanto a la angustia como al miedo. Angst procede del indogermano angh (estrecho, angosto), también anghu (constrictivo, apremiante), y el sufijo st (perteneciente a). Sus raíces convergen: el latín angustia, estrechura; el griego angor, estrangulamiento, asfixia.
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Con la vana intención de querer dar una lectura acertada al presente, no tenemos la distancia mínima -ni el tiempo necesario- que se precisa para poder dar una respuesta.
Esbozar una imagen se vuelve una empresa inútil. Y antes del vano intento de dibujar un panorama completo, habría que hacer el esfuerzo y encontrar una hendija, un agujero por el cual martillar. A su vez, esto también se reviste exiguo, insuficiente: cardiopatía adquirida, si uno quiere sobrevivir debe ajustarse, tener más que un solo trabajo, revolver en lo más crudo del alma la vocación por lo propio. Todo vale más, no solo en su valor mercantilizado, sino en su valor relacional, de cada objeto como extensión de un cuerpo agotado. Los auriculares, el libro, el vinilo, el celular, la cerveza, la cámara, la compu, el tabaco, la televisión, la ropa. Todos analgésicos de un organismo exhausto ¿O acaso se puede disfrutar todo aquello? Dónde descansa el cuerpo, dónde duerme la ansiedad; respuesta corta y transitoria: en lo que se tiene, que es poco y vale mucho. Lo que antes parecía inmedible, que ni siquiera era cuantificable en su existencia, hoy es medible en cuanto exista.
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“En Montreuil, el estudio de Meliés fue demolido. Y así desaparecen maravillas y deleites sin hacer ruido. El suburbio triste y aburrido pasea gris bajo la lluvia”, dice Pialat en el cortometraje. ¿Le importa al porteño el patrimonio de su ciudad? El código urbanístico vigente no piensa en el mantenimiento ni reciclaje de los edificios históricos, más bien se centra en la demolición de ellos y una ¿efectivización? del espacio, que consiste en construir departamentos sin límite, que sin regulación quedan vacíos, negocios inmobiliarios en pugna, lavado de dinero o renta extraordinaria. La proliferación de departamentos no se traduce en la baja de alquiler.
Demolerse en lo habitacional, más que una desgracia fatal, es un motor más, algo que acelera el tedio y el colapso del movimiento urbano. Los últimos años de nuestras calles no han sido más que un progresivo desierto de colectivos, subtes y trenes, de sus estados y sus frecuencias. El transporte, en su desidia, sus cada vez más largos tiempos de espera, violenta la aceleración mental, contraría al cuerpo, lo tensa y obliga a buscar alternativas. Se crean tiempos en las estaciones y paradas, tiempos muertos en los que la prensa no puede tomar al presidente vociferando contra sus fantasmas, dejando ver un lado b del espectáculo: una ciudad que toma una forma otra, una forma imposible, su propio suburbio.
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La mantícora es una criatura mitológica de origen persa. Un rostro humano en el cuerpo de un león, y la cola de un dragón o escorpión. Flaubert, en las últimas páginas de La Tentación de San Antonio, lo describe así: “Los tornasoles de mi pelaje escarlata se mezclan a la reverberación de las grandes arenas. Soplo por mis narices el espanto de las soledades. Escupo la peste. Devoro los ejércitos, cuando éstos se aventuran en el desierto”.
La segunda oración es magnífica. “Soplo por mis narices el espanto de las soledades”. Un monstruo que al respirar exhala de sí el terror de la soledad, de aquel tortuoso estado en donde al no mirarnos otros ojos, estamos obligados a mirarnos nosotros mismos. Los ojos, nuestros ojos, piden ser vistos. El que padece de soledad, en su necesidad, busca al espejo. Frente al espejo, la imagen se quiebra.
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Queda una tarea, una condena: existir en una forma imposible.
Martin Suárez Failache